LA MUERTE SILENCIOSA
Hace pocos días mientras con una compañera infatigable recorríamos los caminos y pistas que jalonan la cuenca de Pamplona, me comentó la triste noticia de la muerte trágica de una persona conocida. Si bien había hablado con ella en contadas ocasiones, ocurre que a veces apenas conoces a alguien pero por referencias de amigos comunes piensas y sientes que la misma debe ser “buena gente”.
Las antiguas civilizaciones sacralizaron la muerte, por ello, rechazaban y condenaban el suicidio: el cuerpo del suicida era castigado, arrastrado por el suelo, y no tenía derecho a ser sepultado en la Iglesia... solo en el caso del soldado vencido que se suicidaba por honor, o de otras formas de suicidio como el duelo. En estas sociedades el hombre o la mujer no tenían permitido modificar su destino, que estaba en las manos de Dios.
A partir del siglo XIX la muerte fue liberada y pasó al dominio privado, el cadáver era velado en la casa y sepultado en familia. De este modo, la sociedad occidental se había desvinculado de la muerte y del suicidio en particular.
Tiempo atrás en occidente el suicidio era algo vergonzoso para la familia; era sinónimo de debilidad, de enfermedad, de conducta inadecuada y por ello pocos o casi nadie lo daban a conocer. Actualmente las cosas son distintas, ya que este acto se ve como un síntoma de enfermedad. Es un problema en el que parece haber consenso entre sociólogos, psicólogos, psiquiatras, antropólogos y demógrafos, cuando lo consideran como un rasgo de la modernidad, uno de los males del siglo.
Según las estadísticas que se publican, alrededor de 800.000 personas se suicidan cada año en el mundo, representando el 14 % de las muertes por enfermedad. Es la principal causa de muerte violenta y en la cuarta de muerte general. La segunda es la muerte violenta con 500.000 casos, seguida de los conflictos bélicos que terminaron con la vida de 300.000 personas. Los índices más altos de suicidios se encuentran en los países pobres, debido a que los problemas de fondo que subyacen tras los mismos no son atendidos por la red sanitaria, que en la mayoría de los casos no es que sea insuficiente sino que ni siquiera existe.
En las sociedades desarrolladas el índice aumenta en aquellos países con mayor desarrollo económico, aunque este criterio no es extrapolable a España, donde los suicidios son más altos en las comunidades autónomas con menor nivel económico, salvo alguna excepción, cifrándose en 4.500 anuales. Esta cifra es mayor que las víctimas que causan los accidentes de tráfico. Añadir que por cada suicidio se calcula que existen nueve tentativas.
En Europa se producen más de 700.000 intentos de suicidios al año, incrementándose las cifras especialmente en el grupo de edad de 15 a 24 años. En Japón el suicidio alcanza la cifra de 33.000 personas y en China se calcula una cifra de 250.000 suicidios anuales, colocándolo en uno de los primeros lugares entre las causas de muerte.
El suicidio ( del latín sui caedere, matar a uno mismo) siempre nos deja la sensación de que algo que afecta directamente a la persona, a su entorno social y al conjunto de la sociedad no ha sabido responder acertadamente a las necesidades de la persona que ha decidido quitarse la vida. Quién se acerca a la muerte, ya sea por un proceso natural como puede ser cumplir una determinada edad o sufrir una enfermedad terminal, como quién la trunca conscientemente, al final siente que la misma es una forma de liberación. En el fondo mantiene la esperanza de que aquello que amo en vida, aquello que le hizo feliz, brotará de alguna manera y dará sentido a su vida. Una especie de balanza que equilibra nuestra consciencia del ser y que va más allá de los límites temporales de nuestra existencia física.
Pero el suicidio tiene nombres y así en el Boletín número 11 del Observatorio de Desigualdades de Género se puede leer que los suicidios son superiores en los hombres y aumentan con la edad. La mayor presencia del suicidio en los varones se atribuye a que hay mayor número de parados, jubilados o trabajadores en situación inestable, el alcoholismo, la respuesta a la depresión mediante consumo de sustancias, inexpresividad emocional y agresividad. También se constata la utilización de métodos más agresivos para el suicidio, ser reacios a buscar asistencia en casos de depresión y la menor conexión con los hijos (durante el embarazo, lactancia y cuidados de los niños).
En definitiva, parece que cuando los hombres no ocupamos el rol que socialmente se espera de nosotros (trabajo a tiempo completo), reaccionamos de forma más destructiva. De igual modo, nuestra educación sentimental (rehuir el apoyo profesional, inexpresividad, etc…), así como nuestra menor implicación con los hijos son factores que favorecen la mayor presencia del suicidio.”
A todos estos datos hemos de añadir la situación económica actual y el paro. Eduard Punset i Casals (Político, economista y divulgador científico) en una entrevista que tuvo con Colin Pritchard (Doctor en Ciencias Sociales) le preguntaba por qué creía que la genta habla tanto de los homicidios y abusos de menores en los medios de comunicación y tampoco de las causas y motivos del suicidio. En su contestación decía que a los políticos no les gusta hablar del paro o de los suicidios. Ponía como ejemplo a Margaret Thatcher, cuando era primer ministro, a quién no le gustó una investigación que demostraba que en la sociedad occidental cuando en un país aumenta el paro, también lo hace el índice de suicidios. Hay que tener en cuenta que factores económicos, como la pérdida de un empleo, tienden a debilitar a las personas ya vulnerables por otras razones (alcoholismo, toxicomanía, enfermedad) y provocan que el índice de suicidios aumente.
Por eso es conveniente que en nuestra sociedad el suicidio no se tape y que por parte de la sanidad pública se pongan los suficientes recursos para que esta muerte silenciosa deje de convertirse en una de las principales causas de mortalidad. A cada uno de nosotros/as nos toca, en la medida de nuestras posibilidades, crear aquellas condiciones que en el entorno familiar, si es posible, y en el comunitario, sirvan de apoyo para aquellas personas que se encuentran en esta difícil encrucijada.
Hoy en día nadie pude decir que es inmune a este impulso que a veces puede estar escondido en nuestro más profundo interior y que en determinadas situaciones aflora con toda su crudeza.
Jorge Francisco Isidoro Luis Borges escritor argentino y uno de los autores más destacados de la literatura en español del siglo XX, publicó el 27 de marzo de 1983 en el Diario de la Nación de Buenos Aires el relato “ Agosto 25,1983”. En este texto profetizó su suicidio para esa fecha exacta. Preguntado tiempo más tarde, por qué no se había suicidado, contestó lisamente: “Por cobardía ..“.
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