LAS DOS CARAS DEL 29-M
Han pasado varios días desde el pasado día 29 de marzo y por ello con la perspectiva que da el tiempo, surge la necesidad de reflexionar sobre los acontecimientos vividos. Del éxito de la convocatoria solo quienes quieran negar la realidad pueden dudar. Miles de personas, hombres, mujeres y jóvenes ocuparon las calles, reclamando y alzando su voz contra una reforma laboral que conlleva dar un poder casi ilimitado a las empresas para decidir las condiciones laborales que han de regir en cada centro de trabajo. Se ha aprovechado la crisis para dinamitar un cierto equilibrio contractual que con muchas dificultades y sacrificios se había conseguido dentro de las empresas.
Sólo cuando la legislación laboral permite mantener una cierta igualdad entre las partes, tanto en derechos como en obligaciones, las sociedades avanzan y se desarrollan por igual en todos sus ámbitos. Si por el contrario quién contrata, como se quiere imponer, dispone de un cheque en blanco para decidir en cualquier momento y con una mínima justificación el mantenimiento del contrato de trabajo ó la modificación unilateral de las condiciones en las cuales se presta, las diferencias sociales se agrandan. El trabajo se convierte en una mercancía de rápido consumo y como ocurre con la fruta, cuando madura demasiado se tira al contenedor. Recipiente que cada día está más lleno de mujeres, hombres y familias. Es como cuando el limón se exprime hasta obtener lo más preciado de su líquido y luego se tira. Cuanto más se aprieta más rentable es.
Pero el pasado 29 de marzo también otras navarras y navarros no hicieron huelga. Unos por miedo a que su adhesión fuese tomada como una deslealtad a sus empresas o a las personas que les consiguieron el trabajo. Otros porque consideran que una huelga general no conduce a nada ó porque piensan que en sus puestos de trabajo por el barniz social que tienen, las huelgas no forman parte de su forma de ser. Y finalmente están aquellos que albergan el temor a que una parte de la sociedad tome las calles y vocifere proclamas que alteren el orden establecido. Se pone en peligro su situación personal, la comodidad de su estatus social y en el fondo sus seguridades personales. Nunca han participado en una huelga ni participaran y cuando al día siguiente a la huelga llenan las céntricas calles de Pamplona acompañadas de sus hijos e hijas, sólo son la cara oculta de una cobardía interior y de una profunda insolidaridad.
A través de sus medios de información apelan constantemente al orden público y utilizan la policía para defenderse, ya que sus espaldas, brazos y piernas no sufrirán nunca el impacto de una pelota de goma o el golpe reiterado de una porra.
Sus hijos e hijas permanecen en una burbuja donde su preocupación es si su nivel de inglés es lo suficientemente alto para poder estudiar en el extranjero o si sus notas les permitirán cursar aquellos estudios universitarios especializados que les abran los consejos de administración de las empresas o los puestos de responsabilidad de los órganos principales de las administraciones públicas. Saben y utilizan todos los medios posibles para continuar ostentando el poder. No les importa la crisis más allá de la pérdida de su capacidad económica y defienden con vehemencia lo privado porque lo pueden controlar y dirigir hacia su fin. Cuando un igual o un extraño entra en su círculo y se pone en peligro su poder se convierten en animales que defienden su territorio, careciendo de la moral que tanto les gusta predicar y que publicitan por medio de la caridad y de las organizaciones benéficas.
En las huelgas generales, como la vivida en Navarra, afloran con toda la virulencia los conflictos sociales. El sentimiento de quien lucha por un puesto de trabajo, la dignificación del mismo y por una sociedad más justa y solidaria, choca violentamente contra quienes piensan que el sistema actual es el que garantiza su situación personal o grupal. Los primeros ponen el rostro y muchas veces el sufrimiento y la desazón por la situación vivida. Saben que su situación personal y laboral no depende de ellos, sino de terceros. Terceros que son ajenos al dolor que causan y que deciden en función de criterios estrictamente económicos mantener una actividad, conceder un préstamo o permitir que una sociedad, un pueblo o un país entero se tenga que plegar a sus exigencias por la amenaza de empobrecerlo.
Son en el fondo dos mundos contrapuestos. Por un lado una minoría dirigente que controla todo lo que se hace y que necesita para poder vivir dividir a la mayoría. Buscan personas que tras un cargo, una titulación o una responsabilidad limitada se crean participes del poder de esa minoría. Saben que nunca se les enfrentarán por miedo a perder su trabajo, su estatus social o el prestigio que han adquirido. Por otro lado una mayoría que es heterogénea y donde tiene cabida desde el compromiso social hasta la marginalidad, el pasotismo o el desencanto. Amplios sectores sociales que permanecen al margen de todo y que comparten espacio con otro estrato social que es consciente de la estructura social en la cual vivimos, que quiere que el poder esté en la mayoría y no en la minoría, que no prejuzga las actitudes por sus propios criterios morales y que se siente obligada a luchar por todos y todas y reclaman lo público frente a lo privado.
Por esta razón en la huelga del día 29 se pudo ver, tanto en la Plaza de las Merindades como en la Plaza del Castillo, a gente sencilla junto a desempleados en paro que lanzaban un grito de auxilio, trabajadores y funcionarios defendiendo sus legítimos derechos , dependientes solicitando solidaridad y jóvenes reclamando un futuro. Mientras, al otro lado y escondidos tras los cristales de sus oficinas unos ojos temerosos esperaban que el día pasase lo más rápidamente posible y que esas gentes a las que tildan de folloneras, irresponsables y poco formadas volviesen a sus casas . Por suerte también hubo personas que ocupando puestos de responsabilidad empresarial, comprendieron la justicia de lo pedido y con su presencia en la calle, demostraron que las personas cuando tienen una verdadera y comprometida moral y ética social, anteponen la misma a las consecuencias que puedan llevar sus acciones.
En Navarra el día 29 de marzo se vieron dos caras. La de aquellos que miran a su alrededor y buscan la justicia y la de aquellos que sólo se miran a si mismos y quieren lo que exclusivamente les beneficia.