viernes, 13 de enero de 2012

ARTÍCULO SOBRE EL PARO



ABRO LOS OJOS: LA MIRADA DEL PARO.


Abro los ojos y al girar la cabeza veo encima de la mesilla el reloj-despertador. Son las seis de la mañana y fuera sigue lloviendo. La costumbre me ha hecho despertarme, aunque hace casi seis meses que el despertador no suena. El patrón nos dijo que la obra había acabado y que a finales de noviembre igual salía otra, que le llamásemos.  Yo pensaba que el tema no estaba tan mal. Al fin y al cabo llevaba ocho años trabajando sin parar y un tiempo de descanso  me vendría bien. En noviembre le llamé y me dijo que el tema se había torcido, los propietarios se habían vuelto atrás y no hacían la obra, además los bancos no daban créditos,  pero seguro que después de reyes algo saldría. Han pasado dos semanas y ayer marque el número de su teléfono móvil. Al otro lado una voz enlatada dijo: “Este teléfono tiene restringidas temporalmente las llamadas”. Mal asunto, pensé.

Me doy media vuelta en la cama y siento el cuerpo de Charo a mi lado. Últimamente discutimos por cualquier tontería. Yo creo que se me está agriando el carácter y ella lo  está pagando. Antes me gustaba sorprenderle los fines de semana llevándola a un restaurante o regalándole un ramo de flores que compraba en el mercado del Ensanche. Ahora con lo que cobro del paro, las letras del coche, los gastos de la casa y de que Javier ha empezado en la Universidad, ya no puedo. En la habitación de al lado oigo como Izaskun se mueve en la cama. Es la pequeña y está feliz. Todas las tardes sabe que a la salida del colegio le espero y delante de sus compañeras se abalanza sobre mí para darme un beso. Se siente  muy especial porque su aita le va a buscar. Antes apenas la veía entre semana  ya que me  levantaba a las seis y hasta las ocho de la noche no volvía.

Desayuno y miro al calendario, los días se suceden y las expectativas de encontrar trabajo se van difuminando.  No sé qué hacer. Un compañero me llamó el otro día y me dijo que igual había trabajo en una empresa. Me dirijo a las oficinas, abro la puerta y en un hall con maquetas de viviendas espero a que alguien  me atienda. De repente un hombre trajeado y con una corbata de color naranja junto con otras dos personas salen de una pequeña sala. Sin querer escucho su conversación. El hombre les dice que ahora hay poco trabajo, que lo que hay lo hacen los fijos de la empresa y que tienen una lista de espera con cuadrillas con las que han trabajado en los últimos años. Como si de repente una losa cayese sobre mis hombros, bajo la cabeza y abandono la oficina sin ni siquiera esperar a que la conversación se acabe.

En la oficina del paro ya me dijeron que los del ladrillo lo teníamos mal y que igual era conveniente que hiciese un cursillo de soldador, pues los del metal parece que lo tienen mejor. No si esto es cierto o me lo decían para consolarme. La semana que viene empiezo.

Doblo la esquina de la calle y me tropiezo con un compañero del tajo. Se llama Ernesto y es ecuatoriano. Siempre estaba alegre y cuando parábamos para comer nos contaba cosas de su País,  de las Tribu de los Jíbaros y los Aucas y con su acento nos relataba la leyenda del Shuar. Hoy en cambio lo veo triste, con la mirada perdida. Le pregunto cómo está, si trabaja, que tal la familia. Me cuenta que el dinero se le está acabando, que ya no manda nada para sus padres y hermanos. A duras penas logra pagar el alquiler y su mujer ha enfermado, las ilusiones y esperanzas del principio han desaparecido y ya no es capaz más que de ver el día a día. Me despido de él y una sensación de desasosiego me recorre todo el cuerpo.

Me dirijo a una ETT y después de esperar un buen rato la oficinista me dice tras mirar la pantalla de su ordenador que no hay nada para mi, aunque si quiero para esta sábado hay trabajo descargando un camión. Le digo que adelante. Un poco de dinero vendrá bien. Luego se da cuenta que sólo son cinco horas y en Peralta. Le doy las gracias y abandono la oficina.

            Sigue lloviendo y el cielo está gris. Siento que todo el cuerpo me duele. Tantos años cargando mortero y esta humedad me están matando.

            Al fondo de una calle adivino unas luces azules. La curiosidad me hace pararme. Unos hombres y mujeres que llevan una pancarta en la que dicen  “ no a los despidos “  se van acercando. Delante y detrás varios furgones de la policía. La verdad es que no adivino a saber porque van... tal vez quieran protegerles de sí mismos, de que en un momento determinado su comportamiento no sea todo lo correcto que se espera de unos padres y madres de familia. Me dan envidia. Ellos y ellas tienen compañeros y compañeras con los que compartir este  mal momento y la posibilidad de que la radio, la televisión y la prensa les escuche. Tal vez al final no consigan nada pero habrán tenido la oportunidad de que su protesta se oiga. Cuando me ocurrió a mi me encontré sólo y ahogado en mi propia impotencia.

Vuelvo a casa y sin darme cuenta me encuentro delante del edificio del Parlamento. De repente dos coches negros paran. Se oye el abrir de las puertas. Del primer coche baja un hombre, del segundo una mujer. Se saludan  amablemente, sonríen y juntos se dirigen al interior. Pasan al lado mío y ni siquiera se dan cuenta de que estoy. En seguida los reconozco. Recuerdo que él dijo a unos periodistas que la ayuda de los 400 euros del Gobierno no sirve  más que para una cena y poco más. Yo cobro algo más de 1.100 euros y con eso y los 600 euros que gana mi mujer con la limpieza de portales debemos de tirar todo el mes. Hay personas a las cuales el poder y la soberbia de sentirse por encima de los demás les hiela la sangre y les roba el alma.

Anochece y Javier, mi hijo mayor, regresa de entrenar. De un tiempo a esta parte lo veo más serio. Creo que se da cuenta de que la situación en casa ha cambiado. Sólo cuando estoy con él jugando en el frontón logro olvidarme de todo. El otro día me dijo, mientras se quitaba sus zapatillas Nike y guardaba su MP4,  que todos los parados teníamos que salir a la calle y armar bronca, que ya estaba bien de que siempre los currelas tengamos que pagar el pato. Pienso que es joven y bastante idealista y que las cosas así no se arreglan, aunque a veces creo que en el fondo  algo de razón tiene. Me parece que cuando uno se hace mayor afloran los miedos y nos volvemos muy cautos.

Son las doce de la noche y no logro dormir. Abro los ojos y veo el techo blanco de nuestra habitación. Mañana tampoco sonará el despertador.

Nota. Enviado el día 23 de febrero de 2008 y publicado el 25 de febrero en la  sección de tribuna abierta del Diario de Noticias.

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