DE VUELTA A LA SIERRA
En la Sierra de Cazorla, en la Nava de San Pedro, en el Cortijo de Abajo cuando el sol se esconde y las estrellas empiezan a tejer un manto de luces, el silencio se interrumpe por los sonidos excitados que producen los machos de ciervo al elevar sus corvas y bramar a los cuatro vientos. Estamos a finales de septiembre , principios del otoño y como si el tiempo no hubiese pasado, la berrea se siente por todos los rincones de la Sierra.
Es un sonido que escucharon nuestros antepasados hace miles de años y que hoy en día tenemos el privilegio de compartir, dando sentido a lo vivido y a lo que nos queda por vivir. Herencia que debemos respetar si queremos hacer futuro. Pero también en esta época otros sonidos pueblan la Sierra. Es la Ronca de los gamos, un sonido fuerte y seco que pugna en la primera semana de octubre con la berrea de los ciervos. Un concierto donde cada intérprete lucha por ganarse el favor de las hembras. Hembras que expectantes se agrupan en torno a la más mayor que las dirige, eligiendo los lugares de descanso y comida. Al fin y al cabo el amor hay que conquistarlo.
Todo un cortejo que muchas veces nos recuerda el comportamiento que tenemos los humanos, cuando pedimos a gritos que nos acompañen y que alguien esté a nuestro lado. Buscamos compañeras y compañeros de camino, pues al igual que los ciervos y las ciervas queremos ser oídos y admitidos. Sabemos que la vida adquiere sentido cuando compartimos y la naturaleza es un ejemplo conste de ello.
Pero en la Sierra además de los sonidos también hay lugar para las leyendas. Una de ellas cuenta que enfrente del Picón de Culo Punta hay una oquedad en la pared y si te quedas un rato mirándola , de repente aparece una mujer que con sus gestos te incita a que te acerques a ella. De ti depende ir o no ir. Otra leyenda narra que donde el Guadalquivir se cruza con la carretera, se encuentra el puente de las Herrerías. Puente que fue levantado en una noche para que pudiera pasar Isabel la Católica y sus huestes cuando se encaminaban a conquistar Granada.
Leyendas que inundan todos los rincones del parque y que son el testimonio vivo de un pasado, donde personas, animales y árboles convivían. Pero el paso del tiempo y la salida de las gentes que allá vivieron se están llevando todos estos recuerdos. Recuerdos que si no perduran, vaciaran de contenido ese hermoso recipiente que es la sierra. Leyendas que van cayendo en el olvido y que son sustituidas por otras traídas de fuera y carentes de sentido para nosotros y cuyo único propósito es servir de cartel o promoción a un centro comercial.
Cuando en la comodidad de nuestros hogares vemos un documental sobre la naturaleza, con imágenes preciosas y perspectivas increíbles, pero cuyo inicio y finalización sólo dependen de pulsar un botón, tenemos la sensación de que esto realmente no penetra en nuestro interior ni se aloja en los recuerdos que nos acompañan durante la vida. Por eso cuando tenemos la oportunidad de vivirlo en la Sierra, algo que no podemos controlar y es ajeno a nosotros nos va atrapando y envolviendo. Sin apenas percibirlo y muy poco a poco empieza a formar parte de nosotros. Es a veces más fácil de sentir que de explicar. Por eso la tierra sólo nos pide que abramos un poco nuestro interior, nos dejemos llevar por las sensaciones, los olores y a veces por los silencios. Ella se encargará de lo demás.
Recorrer el interior del parque es un constante descubrimiento. Tocar los majestuosos pinos y a veces entre varios intentar abrazarlos, ver a las ardillas pasar de un árbol a otro jugueteando ante nosotros o escuchar a los pájaros carpinteros cuando con sus picos horadan la madera, se convierte en un placer que está al alcance de cualquiera. No hay ningún precio que pagar y el único requisito es tener la mirada limpia.
Estoy cerca del cortijo y mis ojos se fijan en la Juancubierta. Giro la cabeza y veo el Torcal del Lobo y al fondo la Cabrilla mientras las nubes la abrazan. Ellos tan grandes, nosotros tan pequeños, ellos parecen inmortales, nosotros pasajeros, tan distantes como cercanos, compartiendo su tiempo con el nuestro, dejándose querer y siendo queridos y al final sabiendo que somos depositarios de un legado que debemos saber transmitir.
Cuando se sube a La Empanada o se asoma en lo alto de Las Banderillas, cima que una compañera de recorrido, con gracia y al no recordar bien el nombre y relatar la excursión, decía que había subido a “ Los palillos “, lo que provocaba la algarabía y jolgorio de todos, se ve un altiplano. Son los Campos de Hernán Perea, con una altitud media de 1.600 metros, donde uno no puede menos que fijar la retina para captar la inmensidad del paraje. Un paraje que nos desafía, no para mostrar su dureza que también la tiene, sino para invitarnos a conocerlo, a recorrerlo, a sentirlo y a transmitirlo. Un regalo que debemos saber aprovechar. Sólo algo nos pide, que lo respetemos.
Es tiempo de volver a la ciudad, de mirar como las manecillas del reloj guían nuestra vidas, de volver a convivir con el dolor que el paro va dejando en las caras de mujeres y hombres, insensible a sufrimiento y sólo pendiente de que alguien en decida invertir su dinero en un sitio o en otro, sin importarle más que su rentabilidad.
Cada vez que vuelvo la cabeza atrás pienso que en la Sierra de Cazorla, en el Cortijo de Abajo el tiempo no se mide, el tiempo se vive.
Publicado en el Diario de Jaen el 25-10-2010.
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