LA ECONOMÍA AL SERVICIO DE LOS CIUDADANOS.
En los últimos meses la palabra más leída y escuchada es “crisis”. Crisis del sistema financiero de Estados Unidos y de Gran Bretaña y en menor medida, pero preocupante por su incidencia, en Alemania. Crisis en el sector inmobiliario de España y preocupación por las bajadas continúas en la industria del automóvil. Pérdida de empleo en el sector de servicios y de ocio, afectando principalmente a las/os jóvenes, inmigrantes y por primera vez a la población masculina en mayor porcentaje que la femenina.
Todas estas circunstancias y otras más han hecho que los/as que defendían encarecidamente los principios del neoliberalismo muestren dudas sobre su viabilidad si el Estado no interviene en la regulación del mercado, solicitando del mismo liquidez y confianza. Conceptos como la productividad, la competitividad, y el desarrollismo han anidado en los discursos de los/as responsables económicos de los países, de las empresas e incluso arrastrando en algunas ocasiones los razonamientos de quienes representan a las/os trabajadoras/es.
Las/os ciudadanas/os tanto en su ámbito más personal, como en su proyección social y comunitaria han estado al servicio de la economía. Se ha idolatrado el consumismo como el nuevo becerro de oro que todo lo corrige, que genera riqueza y por lo tanto que mayor número de oportunidades ofrece.
La realidad es que las diferencias norte sur cada vez son mayores, condenando a continentes como África a la miseria perpetua. De esta manera el Diario el País publicaba un reportaje sobre la guerra del Congo, por cierto que muy bueno, de esos que se cuelan de vez en cuando en los medios. El titular de la noticia decía: “Según Naciones Unidas, el tráfico ilegal de coltán es una de las razones de una guerra que, desde 1997, ha matado a un millón de personas”. En las minas de coltán en la República Democrática del Congo, se nos decía, trabajan niños esclavos. Los ejércitos de Ruanda y Uganda se disputan el tráfico de este mineral sumiendo el país en una guerra civil en la que nadie quiere pensar. El caso es que este mineral es vital para el desarrollo de la telefonía móvil y de las nuevas tecnologías. Por ejemplo, la escasez de este mineral había provocado otro efecto “dramático”: la videoconsola Play Station 2 tuvo que posponer su lanzamiento al mercado, provocando grandes pérdidas de beneficios a la casa Sony.
La sostenibilidad medioambiental es inviable si millones de personas que viven en países como China, India o Brasil anhelan alcanzar niveles de vida iguales o similares a los que tenemos en el primer mundo.
Carlos Fernández Liria en un artículo reciente decía que según el último informe de Naciones Unidas, por ejemplo, resulta que el 1 % de la población adulta del planeta acapara el 40 % de la riqueza mundial, mientras que en el otro extremo el 50 % de la población apenas cuenta con el 1 % de la riqueza. Cuando lees estos datos piensas que están equivocados. Claro que, según un cálculo elemental, para que una de las 2500 millones de personas que subsisten al día con 2 dólares diarios llegara a amasar, con el sudor de su frente, una fortuna como la de Bill Gates, tendría que estar trabajando (ahorrando todo lo que ganara) 68 millones de años.
Otro chiste: por un anuncio de zapatillas deportivas Nike, Michael Jordan cobró más dinero del que se había empleado en todo el complejo industrial del sureste asiático que las fabricaba. Por supuesto que para que un absurdo tan abyecto se encarne en la cruda realidad de cada día hace falta administrar mucha violencia, cortar el planeta con muchas alambradas, deslocalizar poblaciones, descoyuntar, en definitiva, el cuerpo entero de la humanidad.
Susan George comparaba a los ejecutivos que teclean pacíficamente en su ordenador del Fondo Monetario Internacional con los pilotos de un B-52 que aprietan los botones de un tablón de mandos para dejar caer toneladas de bombas sobre una población civil. Probablemente los pilotos no pueden representarse fácilmente el desajuste que hay entre la insignificancia de su gesto sobre el tablero y la desmesura de sus efectos, ahí abajo, sobre la ciudad bombardeada. Con mucha menos razón, el ejército de ejecutivos que deciden sobre las medidas económicas que se aplican a lo largo y ancho del planeta (y el ejército de periodistas e intelectuales que les hacen el juego), no están en condiciones de hacerse cargo moralmente de este “desnivel prometeico” entre “su trabajo”, rutinario y pacífico, y el océano de miseria y de dolor sobre el que están produciendo sus efectos.
Sin referentes ideológicos que ofrezcan alternativas globales al modelo económico predominante, lo que la mayoría de los ciudadanos queremos es que la economía esté a nuestro servicio, con independencia de nuestro lugar de nacimiento y corrigiendo aquellas desigualdades que más allá del esfuerzo personal de cada uno condicionan nuestra vida. Por este motivo podemos y debemos exigir que quienes nos representan en el ámbito político, social o laboral, establezcan claramente esta prioridad en sus actuaciones, con una visión amplia y generosa de este concepto.
De igual manera y en la medida de nuestras posibilidades, esta exigencia debe ser reciproca, pues nuestra participación en las distintas organizaciones y colectivos sociales generará este impulso tan necesario en nuestros días. Sería desesperanzador que una vez superada esta situación de crisis, en un plazo medio, volviésemos a un sistema económico que ve en los ciudadanos un número estadístico sobre el que proyectar su desarrollo, generando círculos de poder cuyo único propósito ha sido siempre mantener su capacidad de influencia en las decisiones económicas que se toman. Se trata de debatir y conformar aquellos procesos industriales y productivos que beneficien a la mayoría, respeten el medio ambiente, propicien mayor igualdad y apoyen a quienes desde su iniciativa personal favorezcan este marco económico al servicio de todas/os las/os ciudadanas/os
Por último no hay que olvidar lo que decía Anders, G. en el libro titulado “ Nosotros, los hijos de Eichmann,” elegir ser bueno en un mundo en el que no se necesita pecar para vivir de la injusticia que se comete sobre los demás, es sencillamente hacerte cómplice, no de un crimen, sino como decía Anders, de “todo un sistema de crímenes”.
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