miércoles, 20 de junio de 2012

LAS DISCAPACIDADES




NUESTRA DISCAPACIDAD




            Hace pocos días que enterramos su cuerpo junto al de sus abuelos. Tenía 34 años y toda su vida estuvo en la cama, ya que una lesión cerebral  truncó a las pocas horas nacer toda esperanza de conocer el verdadero sentido de vivir. No podía hablar, ni moverse, ni expresar sentimientos y su mirada muchas veces estaba pérdida. Apenas unos balbuces se escapaban por sus labios y su nivel de consciencia nunca supimos si existió. Cuando uno estaba a su lado, cuando  acariciaba su rostro o con los labios depositaba un beso en su cara,  a la vez que una sensación de cariño y ternura la rodeaba,  una pregunta brotaba inmediatamente en la mente. Si merecía para ella y para su familia más directa tener una existencia tan marcada por unas limitaciones tan grandes que en muchos aspectos eran la negación de la vida propia. La respuesta que cada uno puede dar ante estas situaciones es tan personal y a la vez tan comprensible, que cualquier sentido que la misma tuviera estaría revestida de igual grado de humanidad y dignidad. Por eso, la imposición de ciertas posturas moralistas bajo la falsa idea de que el sacrificio y la resignación  son signos de la condición humana, se han convertido para muchas personas en una pesada carga que han tenido que soportar en sus conciencias. Además han originado muchas veces sentimientos de culpabilidad en quienes han dudado de la validez  de estas premisas morales.  



        Valoramos la vida cuando nuestros sentidos nos permiten ver, oir, tocar o cuando nuestras extremidades nos dejan desplazarnos con autonomía. Entendemos que nuestra existencia adquiere sentido y plenitud si todas sus potencialidades se pueden desarrollar. Si ya de por si resulta a veces difícil  vivir, el sólo pensamiento de que una parte de nuestro cuerpo no funcione nos provoca desazón y desasosiego. De un día a otro ó a veces mediante procesos más lentos, la naturaleza nos muestra que somos frágiles recipientes donde a veces una negligencia, un infortunio o un descuido nos hacen ver lo vulnerables que podemos llegar a ser.



            Cuando nos acercamos a las discapacidades físicas y en especial a las psíquicas, la valoración que hacemos de las mismas la mayoría de las veces no parte de nuestra propia experiencia. Nos guiamos  por las  sensaciones que nos surgen cuando pensamos como las afrontaríamos si las sufriésemos. Difícilmente comprendemos como se sienten o que llega a representar en sus relaciones personales y afectivas su discapacidad. Tampoco podemos sentir plenamente  que representa no encontrar un trabajo que permita desarrollar un  proceso vital personal, por la discapacidad que sufren y más en tiempos tan difíciles como los actuales. Desconocemos como afrontan  el hecho de que cuando son niños o jóvenes y no pueden realizar las actividades que hacen sus compañeros de colegio, son relegados a ser meros espectadores sin adquirir el mínimo protagonismo que en mayor o menor medida todos buscamos. Podemos intuir los esfuerzos que tienen que hacer para superar el complejo que supone no tener  una presencia física “normal”. Las modelos, las series de televisión más populares, las películas más vistas, las portadas de las revistas más leídas o aquellos acontecimientos sociales más relevantes, reflejan claramente que nuestro cuerpo es la mejor tarjeta de presentación para alcanzar el éxito social. Una presencia física agradable nos da seguridad  y autoconfianza y por eso cualquier alteración en la misma nos perturba. El espejo se convierte en nuestro mayor confidente y cada mañana nos miramos y buscamos nuestra aprobación. Sus cuerpos raramente visitan gimnasios e incluso llegan a provocar en algunas personas  una  mueca de desagrado en una playa o en una piscina, o como alguna vez se ha denunciado la negativa a entrar en un pub o en una discoteca.



       Nuestra presencia y lo que ello refleja cuando formamos parte de un colectivo,  conlleva que estas personas tengan la carga de romper un molde estereotipado para vencer la resistencia de quienes muchas veces prejuzgan a primera vista y extraen conclusiones equivocadas.



      En el Estado hay 3,85 millones de discapacitados, según la  última encuesta realizada por el INE en el año 2008, de los cuales el 60 % son mujeres. El 67 % tienen limitaciones para moverse y casi el 50 % tienen problemas para su higiene personal. La deficiencia que causa mayor número de discapacidades por persona es la mental: 11,6 frente a las 8,7 de media que tienen las personas con minusvalía. El discapacitado mantiene normalmente contacto con sus familiares, pero fuera de este entorno a dos de cada tres les resulta imposible o casi imposible relacionarse con otras personas. El perfil del cuidador principal es una mujer, de entre 45 y 64 años, que reside en el mismo hogar que la persona a la que presta cuidados. Cuidadores que se ven afectados por ello en su salud y vida personal. Además 608.000 personas con discapacidad viven solas.

 

     Unos datos que puestos en una sociedad como la nuestra , donde el valor de las personas está en función de lo que aportan al crecimiento económico y a las ganancias que con su trabajo obtienen las empresas, evidencian que sólo son objeto de atención en la medida en que su cuidado genera puestos de trabajo. No importa demasiado lo que puedan y deban aportar a la sociedad. Rara vez se les pregunta que sienten y como nos ven a los demás. Una caridad mal entendida, un afán paternalista mal disimulado o la conveniencia de quedar bien ante estas situaciones, se tornan demasiadas veces en nuestra tarjera de presentación ante estas personas. Por eso y en muchos sentidos, no es solo la discapacidad la que complica su vida sino lo que los demás opinamos y hacemos cuando estamos enfrente de ellos .



      Alguien dijo que a nuestro alrededor hay personas que necesitan nuestra ayuda, no sólo para cruzar la calle o para subir unas escaleras sino también para tener con quién reírse, alguien en quien confiar y sentirse como un igual. 


       Todos tenemos alguna discapacidad… quizás la nuestra sea que no nos damos cuenta de que podemos cambiar la situación actual. Hoy en día demasiados gobiernos se plegan sin disimulo ni rubor a los requerimientos del capital, por miedo a ser aplastados o sustituidos y sin importarles que las decisiones que toman mutilarán en muchos sentidos la vida de tantas personas a las que se aboca a la desesperación y el desengaño individual y colectivo.  Por eso como dijo Robert Browning, poeta y dramaturgo inglés del siglo XIX; "Cuando la lucha de un hombre comienza dentro de sí, ese hombre vale algo "



Dedicado a Uxua.