El pasado
martes, 20 de mayo, Soraya Sáenz de Santamaría , Vicepresidenta del Gobierno ,
acuñaba un nuevo parámetro económico que permite medir la evolución económica
de una sociedad. La “ alegría que se ve en las calles». Ya no es necesario
mirar la evolución de la prima de riesgo, ni el balance del comercio exterior,
ni la encuesta de población activa, ni el crecimiento del PIB. Sólo salir de
casa y abrir los ojos. Pero la Vicepresidenta o bien se ha equivocado de país o
tiende a confundir su situación personal y de quienes la rodean, con la
realidad social que habita en nuestras ciudades.
Un dato recientemente
publicado por Cáritas Europa , donde el riesgo de caer en la pobreza infantil se
situó en el 29,9 % y sólo superado por Rumania ,rompe la imagen de salida de la
crisis que tanto desde la Moncloa como desde
los medios de comunicación afines se quiere a toda costa trasladar al conjunto
de la sociedad. Máxime después de varios años donde la utilización de la expresión
ajuste, obviando el manejo de la palabra recorte, ha dominado el vocabulario de
las clases dirigentes y de sus soportes financieros. Soportes financieros que
han necesitado que el volumen de dinero público empleado o
"comprometido" por España, en apenas tres años, con el rescate de su
sistema financiero rondase los 108.000 millones de euros, un 70%
más de los que preveía el Banco de España, y que más de la mitad de la ayudas,
unos 57.000 millones, se ha gastado en aportaciones directas al capital de las
entidades financieras.
La “alegría
que se ve en las calles “, debe provenir de todas aquellas familias que se
enfrentan al abandono escolar prematuro de sus descendientes y que se sitúa en el 24,9 % . De los 13 millones de personas en
situación de pobreza y cuyo proyecto de vida se ciñe “al mañana “, y a las cuales se les ha desprovisto
de esperanzas e ilusiones. “Alegría “ que
se siente en los centros de acogida ,
donde si bien al principio se atendía mayoritariamente a inmigrantes, desde el
año 2010 es mayor el número de ciudadanos españoles que acuden. Y en esta
situación de verdadera emergencia social, la
única receta ha sido la disminución de las prestaciones sociales, el
aumento de los impuestos indirectos que no discriminan en función de las rentas
disponibles. Situación que ha contribuido a un empobrecimiento de los hogares
con menos posibilidades y a que las clases medias retraigan el consumo de
bienes y servicios, temerosas de caer en las redes de la pobreza. Pero es que esta situación ha puesto encima de
la mesa, la referencia de que España sea
el cuarto país de la UE con más personas en situación de pobreza energética.
Pobreza energética que, según la OMS, adiciona cada año el 30 % de las muertes
ocasionadas en invierno por el agravamiento de enfermedades previas y origina
que el 17 % de los hogares, tengan dificultades para la pagar las facturas y un
9% de las familias sean incapaces de mantener su vivienda con una temperatura
adecuada.
Realidades
sociales que se reflejan en la existencia de 4,7 millones de personas inscritas
en las oficinas de empleo, de las cuales sólo 2,7 millones cobran algún tipo de prestación,
siendo la cuantía media bruta de la prestación contributiva por desempleo
percibida por beneficiario durante el mes de diciembre de 2013 de 829,80 euros.
Paro que afecta sobremanera a los menores de 25 años con un índice del 54,2 %
y con una cifra oficial de no
ocupados de 5.896.000 personas frente a los 16.758.000 que están trabajando. Realidad
social que se ve en los cientos de
desahucios promovidos por los bancos, la disminución de las ayudas a la
dependencia o la salida de los inmigrantes ante la imposibilidad de encontrar
trabajo con su incidencia en los índices demográficos.
Y con todos
estos datos encima de la mesa lo único que sabe decir el Gobierno del Partido
Popular, en plena campaña electoral, es que las cosas van mejor. Que la gente
está más alegre y que en un debate entre un hombre y una mujer, el hombre debe
de rebajar el tono de su intervención para de esta manera no demostrar una
mayor capacidad intelectual. Todo un ejercicio de sensibilidad social y humana.
Una demostración de que lo importante son las personas. Si, pero las personas
que producen y callan ante la pérdida de valores como la justicia , la igualdad
y la solidaridad.
El día está
esplendido e invita a caminar. De
repente algo me llama la atención. De un contenedor de basura cuelgan dos
piernas. La cintura permanece atrapada por la tapa y de dentro sale un ruido de
alguien que está removiendo con un objeto el fondo. Cuando me acerco las
piernas comienzan a balancearse y por fin el resto del cuerpo aflora. Un
pañuelo en la cabeza, sandalias negras con calcetines blancos, un delantal de
color gris y en la mano un bolsa roja con restos de comida. Paradójicamente a pocos metros de un camión
frigorífico una persona descarga cajas llenas de pescado y de pequeñas
furgonetas salen barquillas repletas de fruta y verduras.
Atravieso la
Plaza de la Cruz y en un banco situado cerca de los baños públicos varios
hombres y una mujer están hablando. Son asiduos de este espacio cuando el
tiempo lo permite. En el suelo de un enorme aparato de música sale una canción
que no adivino a reconocer. A izquierda y derecha de uno de los bancos hay varias
cajas de vino barato y botellas de
refresco. Algún rastro de pan y de comida que dejan caer, es picoteado por un
grupo de palomas. La conversación que tienen y
las palabras que utilizan son duras y cortantes. Sus rostros reflejan
vidas marcadas por el dolor y la soledad. Sólo tienen el presente, han perdido
el pasado y no tienen ningún futuro. No aparentan una edad definida y las ropas
con las que cubren sus cuerpos son atuendos viejos y usados. No despiden ningún
glamour, ni provocan ninguna envidia y la mayoría de las veces aceleramos el
paso ante su presencia, temerosos de su cercanía. Podemos decir, utilizando una
expresión muy actual, que en su caso el ERE es para siempre, sin derechos ni
organizaciones que los ampare y dignifique.
En los bajos de
un edificio situado en la Avenida del Ejército, que antes era la sede de la Caja de Ahorros de
Pamplona y luego ocupo la CAN, una persona, que suele desplazarse por las
inmediaciones con una silla de ruedas, calienta con un hornillo y en compañía
de otra persona algo de comida. A su derecha unos cartones y unas mantas sirven
como aposento improvisado para pasar la noche. Escena que se repite durante
varias semanas.
Pero todos estos
ciudadanos deben ser invisibles para la Vicepresidenta. Vicepresidenta que está
más ocupada en mirar los gestos alegres
de quienes entran y salen de las tiendas de moda, con sus bolsas llenas de ropa.
De las miradas de complicidad de los clientes de los concesionarios de automóviles de lujo, que han
visto aumentar sus ventas en plena crisis o de los múltiples programas,
entrevistas y reportajes de los jugadores de futbol, que rutilantes exponen sus
cuerpos como objetos de mercado, mientras sus cuentas corrientes se llenan sin
ningún tipo de rubor, en una nueva versión del «Panem et circenses» Pan y circo
que se describía como la política seguida por un Gobierno , que para mantener
tranquila a la población u ocultar hechos controvertidos, proveía al pueblo de comida y entretenimiento
de baja calidad y con criterios asistencialistas.