La vida política de Yolanda Barcina se ha convertido en un baile de parejas donde al final sus compañeros de danza, por un motivo o por otro han sido apartados, destituidos o rechazados. No sabemos si por su habilidad para estar en la política, disfrazando con grandes expresiones sus dificultades para hilar un discurso político coherente y de calado, o porque sus pasos van por un lado totalmente diferente al de sus compañeros. Pero algo tendrá su baile cuando en 1996 entró a formar parte del Gobierno, como independiente, en la Consejería de Medio Ambiente, Ordenación del Territorio y Vivienda. Era el primer Gobierno de Navarra presidido por Miguel Sanz y se convirtió en la primera mujer que formó parte del mismo. Baile que le llevó a encabezar la candidatura de UPN al Ayuntamiento de Pamplona en 1999 ocupando la Alcaldía hasta el 2011.
Embrujado por el encanto de la burgalesa, Miguel Sanz debió de pensar que su gestión en el Ayuntamiento de la Capital del Reino era aval suficiente para ser sucesora en el trono del Reino. Sería la primera mujer en ocupar la Presidencia del Gobierno. Su gestión en el Ayuntamiento a los ojos e intereses de la derecha y una imagen cuidada se convertía en su mejor atractivo. Aún cuando podría recibir cantos de sirena del Partido Popular, UPN se ocuparía de que en cualquier caso la política y los tiempos los marcaría la organización en un intento no disimulado de ligar el conjunto de navarra al partido.
Pero Yolanda Barcina cuando se acercaban las elecciones generales de noviembre de 2011, pensó que porque iba a bailar solamente con un compañero, Roberto Jiménez, cuando tenía la posibilidad de buscar otro, Mariano Rajoy. Al fin y al cabo todas las encuestas apuntaban a un descalabro del PSOE, con un Zapatero que había estado miope ante la magnitud de la crisis que se abalanzaba sobre el país y un Mariano Rajoy que se limitaba a ver caer a su oponente, como forma de hacer política.
Asegurarse la Presidencia del Gobierno de Navarra y mantener una renovada relación con los nuevos inquilinos de la Moncloa, era una jugada perfecta cuando alguien quiere ser el eje sobre el que deben de girar sus compañeros de baile. Pero aquella estrategia de tener dos compañeros, Roberto en Navarra y Mariano en Madrid, no gustó nada a su mentor Miguel Sanz. Pero ya sea por el hechizo del poder, o el miedo a perder la posición interna dentro del partido ante la figura emergente e indiscutible de Yolanda Barcina, los órganos de decisión de UPN admitieron sin apenar rechistar este trío, obviando que, si es difícil acompasar dos cuerpos al mismo ritmo, tres a la larga se convierte en un enredo. Enredo que Miguel Sanz y su ex consejero Javier Caballero percibieron enseguida.
Bailar al son del Partido Popular y entrar en una espiral de recortes sociales, suponía una pirueta demasiado difícil de mantener para un Partido Socialista de Navarra que a duras penas se sostenía en pie tras unos resultados electorales calamitosos. Cambiar la jota ribera por el chotis madrileño, renegando de los acuerdos alcanzados entre el expresidente y el secretario de organización del PSOE , Pepe Blanco, con motivo del llamado “ agostazo “ , suponía poner en solfa todo el discurso que UPN había reproducido desde el año 1996 y que Miguel Sanz expuso con su teoría de los quesitos. Teoría que no era otra que la necesidad de un acuerdo estable entre UPN y el PSN que evite un pacto con los nacionalistas y garantice la continuidad del regionalismo en el poder. En su fuero interno, Miguel Sanz se vio decepcionado porque su compañera de baile le había dejado después de todo lo que le había enseñado. Le había mostrado como se puede dirigir y presidir una Comunidad con un discurso hueco y vacío, exaltando empalagosamente la figura de lo que era un buen navarro, dividiendo la sociedad entre los constitucionalistas y los “otros“ y utilizando como comodín , viniese o no a cuento, la muletilla de ETA como arma arrojadiza frente a cualquier cambio político que se pudiese articular sin tener en cuenta a UPN. Todo esto sumado a un PSN débil y dispuesto a aceptar determinados cargos garantizaba, aún en una situación económica difícil, la continuidad en el poder.
Pero Miguel Sanz comenzó a intuir que de la misma manera que su protegida había decidido sin consultarle, echarse en los brazos del PP, no tardaría en deshacerse de Roberto Jiménez y ello conllevaba un riesgo que el tiempo lo está corroborando. Sólo hacía falta una pequeña excusa, un desencuentro buscado en el paso del baile, para decir que el dirigente del PSN era un mal bailarín, que no entendía cual era la partitura a interpretar y que ella se valía sola para llenar toda la sala de baile.
Este escenario de soledad, ante una situación de crisis económica, social y ética como la que se está atravesando, conlleva que las limitaciones y carencias políticas de la Presidenta sean el punto de atención de todo el auditorio. Sus silencios clamorosos ante la crisis, su falta de iniciativa para paliar las consecuencias de la misma, a lo que se añadía sus dietas en la CAN, exigían la necesidad de buscar una nueva pareja de baile. Había que lanzar un mensaje a la sociedad navarra para que entendiese que la bailarina no estaba sola. Y su nuevo compañero sería Alberto Catalán . Compañero que sería capaz de recomponer los puentes con el PSN y volver a interpretar la danza que durante tantos años, como un soniquete, ha marcado el devenir de Navarra. Sólo era necesario repartir las funciones. Quién marca el ritmo y quién lo sigue. Pero para el ego de Yolanda Barcina dejar de ser el centro de atención en esta composición es algo que no está dispuesta en un principio a aceptar. Sólo admite interpretar esta danza si no se discute su papel de protagonista y si los espectadores la identifican como la parte principal del cuerpo de baile. El transcurrir de los días nos dirá si esta nueva pareja de baile se forma, cuánto va a durar o como ha pasado otras veces, si Yolanda Barcina la rompe.
Hace bastante frio y los días de lluvia y de agua nieve se suceden. En una esquina de la Plaza de la Cruz, una persona todos los días a primera hora de la mañana saca de un establecimiento comercial una silla de oficina que está desvencijada. Se sienta y con un vaso de plástico entre las manos solicita una limosna a los transeúntes. Sus ropas son reflejo de sus necesidades y cuando las tiendas del entorno cierran recoge su silla. No es difícil imaginar que cuando llegue la noche y se tumbe en su camastro, el dolor en los huesos de todo un día a la intemperie y con humedad le impida conciliar el sueño. Si Yolanda Barcina pasase a su lado ¿estaría dispuesta a bailar con este ciudadano ¿
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