lunes, 9 de julio de 2012

TITANIC FORAL

EL TITANIC FORAL


            La economía navarra en muchos aspectos asemeja al Titanic. Si algo definía su presencia era su grandeza, el ser el barco más grande de su época y la admiración de todo el mundo por su lujo y comodidad. Un barco que empujó  a que los hombres y mujeres más ricos del mundo se embarcarse en él, junto a cientos de inmigrantes irlandeses, británicos y escandinavos que anhelaban una mejor vida en Estados Unidos.

             Para UPN la reafirmación de sus principios ideológicos de origen, como contrapeso al nacionalismo vasco económico cuya representación era el PNV, pasaba por engrandecer la economía navarra. Había que ser los primeros en todo sin importar demasiado si ese crecimiento y desarrollismo era soportable económicamente para una Comunidad que con una extensión que dobla la de la CAV , no tiene en cambio más que un tercio de la población que habita los territorios de Alava, Bizkaia y Gipuzkoa.

           Por eso los dirigentes de UPN pusieron en marcha este trasatlántico. Estaban los camarotes de lujo donde se hospedaban aquellos representantes de la sociedad navarra que ostentan el poder económico, político, mediático y religioso. Algunos de ellos sin ningún tipo de escrúpulos habían pasado de la dictadura a la democracia, siendo participes de los beneficios de una y de otra. Otros en cambio vieron que el acceso a esta planta noble  debía de pasar por no molestar demasiado a sus moradores. Enseguida se dieron cuenta de que si se ponían a su lado podían serle útiles y a la vez entrar poco a poco en su círculo. En un nivel más bajo estaban los pasajeros de primera clase, aquellos vinculados a partidos y otras organizaciones que eran necesarios para encauzar el rumbo del barco, ya que siempre se  necesitan capataces que fustiguen a los fogoneros que alimenten las calderas. Se les ofreció un discurso político que reiteradamente expuesto llegó a convencerles. Desarrollo, productividad, navarridad, foralismo I+D+I, etc. se convirtieron rápidamente en parte del vocabulario que se debía de emplear para justificar su forma de actuar. Con ello se lograba, aumentando el ego de una sociedad, que al final la misma viese las cosas, entendiese las realidades y actuase de tal manera que el resultado final fuese mantener una navarra sumisa a su poder. A semejanza de la figura literaria de Yahvé  cuando entregó los diez mandamientos a Moisés,  creyeron que este decálogo de principios formaba parte integral de Navarra,  que era inmutable al tiempo y a la vez esencia de una historia que necesitaba afianzarse. 

        Constantemente nos decían que éramos los mejores y los que mayor nivel teníamos. Nuestra enseñanza, principalmente la privada con su Universidad al frente, era referencia en todos los congresos nacionales y mundiales. Nuestras infraestructuras podían competir con cualquier región de Europa y por supuesto nuestra honradez y raigambres cristianas, nos libraban de cualquier tipo de codicia mal entendida. El rumbo estaba prefijado y el capitán y la tripulación tenían claro su cometido y si algo se torcía una llamada a Madrid lo solucionaba todo.

           Como también pasaba en el Titanic, había una parte de los pasajeros y de la tripulación que consideraban que la estructura del barco era demasiado grande y la dirección equivocada. Pasajeros que ocupaban los camarotes de segunda y tercera. Muchas veces resultaban incómodos, pues no anhelaban cambiar de planta, ni mejorar su situación, ni querían ensimismarse en la grandeza del navío. Para su vergüenza querían un barco más pequeño y manejable, que no destacase por sus dimensiones. Su idea era que en el mismo debían de caber todos y en las mismas condiciones, sin ninguna distinción que marcase las diferencias, remando en una misma dirección y con el norte de la solidaridad y la justicia como única guía. Tal vez por ello no gustaban de los grandes oropeles que se promovían en las inauguraciones de las obras públicas, ni de los macroproyectos que adornaban las estanterías , como  los circuitos de carreras,  los grandes espacios escénicos, los pabellones imposibles de llenar, las terminales de aeropuertos que no tienen pasajeros, los congresos de “ gente bien “, que nos dicen cómo debemos de vivir los demás mientras llenan generosamente sus bolsillos, etc.

         Pero como ocurrió con el Titanic, hemos chocado con un iceberg que es la crisis y de repente ya no hay rumbo que seguir y el riesgo de que se hunda es cada vez más palpable.  Un riesgo que a muchos les atenaza. Algunos lo primero que piensan en estas situaciones es buscar las embarcaciones salvavidas, no importándoles nada de lo que hay alrededor. Una parte importante del pasaje es condenada directamente al hundimiento, pues las puertas que los separan de los de primera se encuentran cerradas y el agua les llega al cuello.

           Todos aquellos que han estado en el poder, saben que siempre tendrán alguien que les ayude, o que en el peor de los casos podrán subirse a otro barco. Ahora nos dicen que igual éramos demasiados en el barco y que hemos querido ser participes de una embarcación demasiado lujosa para la que no estábamos preparados. Lanzan el mensaje de que algunos de nosotros sobramos, en especial los que vinieron hace pocos años y que los demás debemos bajar a las calderas para seguir echando carbón para que si al final la nave  se hunde lo haga lo más despacio posible. De esta manera tendrán tiempo para salvarse ellos y sus enseres.

          Le preguntaron a Jordi Puyol, porqué en su época había mejores políticos. La respuesta fue porque la sociedad era mejor. Cuando una sociedad como la navarra ha mantenido en el poder a políticos como Sanz, Barcina, Miranda y Roberto Jiménez,  algún grado de responsabilidad tendremos. Tal vez la grandeza del trasatlántico nos ha cegado la vista. Nos han hecho sentirnos participes de la  falsa envidia que todo el Estado tenía de nosotros, ya sea por el brillo de nuestras balaustradas como por la potencia de nuestros motores, que con una precisión alemana nos hacían surcar los mares sin miedo a nada. Aspirábamos a cambiar rápidamente de camarote. A tener uno para nosotros y otro para cada uno de nuestros hijos a hijas. Pero la crisis, como el iceberg que hundió el Titanic, nos ha demostrado que la opulencia, el egocentrismo y la avaricia de creerse los mejores es sólo una fruta envenenada que el capitalismo nos da mientras le resultamos útil, pero que rápidamente se pudre cuando dejamos de generar la riqueza que ellos administran.

         Ahora no sabemos si el barco aguantará o no, si las fugas son más grandes que las señaladas a primera vista y si llegaremos a puerto o nos hundiremos. Tal vez podamos salvarnos todos, pero para ello será necesario cambiar el capitán y la tripulación y pensar que lo importante en esta situación es que todos son necesarios, todos son capaces de aportar algo, pero no para volver a la situación anterior sino para hacer un nuevo barco.

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