sábado, 11 de febrero de 2012

ARTICULO SOBRE LAS PANCARTAS

LOS DE LAS PANCARTAS





            Día si y otro también, centenares de personas se manifiestan delante del Parlamento Navarra reclamando y mostrando su oposición a las medidas tomadas por el Gobierno de UPN-PSN. Medidas que suponen la pérdida de  puestos de trabajo. La preocupación de quién ve como desaparece el sustento que le ha permitido estructurar su vida, su entorno social y familiar, conlleva la necesidad de expresar la rabia que provoca esta situación. Un grito que muchas veces se intuye ahogado, pide a la clase política que tome medidas que le permitan mantener un hilo de luz en una situación donde todo cede ante el empuje de los mercados. Mercados que como un tsunami arrastran todo lo que se encuentra a su paso, dispuestos a devorar todo aquello que les impide extenderse, no importándoles nada, ni las personas ni sus vidas, ni el dolor que ello provoca.
           


            Hace pocos días se publicó la encuesta de población activa del cuarto trimestre del 2011.El número de parados aumentó en 295.300 personas y alcanzó la cifra de 5.273.600. El número de hogares con todos sus miembros activos en paro aumentó en 149.800 en el trimestre y se situó en 1.575.000. La tasa de temporalidad  se sitúa en el 24,98% y el porcentaje de personas que trabaja a tiempo parcial es del 13,81%.. Según un estudio recientemente publicado por la Red Europea de Lucha contra la Pobreza, la situación de pobreza a raíz de la crisis ha aumentado en un millón de personas entre 2009 y 2010, para situarse en 11.666.827 personas en todo el Estado. Más de la cuarta parte de los ciudadanos.



            La tasa de paro en Andalucía es del 31,23 %, Canarias del 30,93 %, Comunidad Valenciana el 25,45 %, Cataluña  el 20,50 % y Madrid el 18,51 %. En nuestro entorno más cercano, Navarra tiene una tasa del 13,82 % y el País Vasco el 12,61 %. Solamente el territorio de Guipuzcoa tiene una tasa de paro  por debajo del 11% lo cual, para quienes no conocen su realidad económica, supone una sorpresa que pone en tela de juicio muchos de los estereotipos que se han utilizado y utilizan para adoptar y justificar ciertas decisiones políticas.



            Esta situación desencadena que en muchos lugares se sucedan las concentraciones de trabajadores y trabajadoras cuyas empresas proceden a la extinción de sus contratos de trabajo. Concentraciones, también, de colectivos que sufren las consecuencias de los recortes presupuestarios y que les avocan al cierre de los programas que venían desempeñando. Concentraciones de entidades culturales  que ven recortadas sus ayudas y cuyo quehacer diario  permite la pervivencia de unos rasgos de identidad tanto cultural como lingüística que son expresión viva de una sociedad. Concentraciones de funcionarios que solicitan la dignidad de su trabajo. Concentraciones donde se solicita justicia e igualdad, tanto para ellos, como para sus hijos e hijas. Concentraciones donde quienes sufren minusvalías piden la solidaridad de todos, ante el desamparo de los gobiernos.



            Pero mientras en estas concentraciones los guantes y gorros de lana para soportar el frío, los abrigos sencillos y las bufandas son parte de la imagen que se visualiza, en los  Consejos de Administración de las empresas donde se decide cuando hay que cerrar una empresa, en los Consejos de Gobierno donde se acuerda recortar un gasto público  o en las reuniones donde se decide si se invierte en un país o por el contrario se le cierra el grifo de su financiación, las corbatas, trajes y vestidos de firma, forman parte de su vestuario. Seguramente piensan que vestirse bien es un acto de gratitud hacia uno mismo y de cortesía hacia los demás, como decía Stefano Pilati, director creativo de Yves Saint-Laurent. Todo un eufemismo.



            Hace pocos días en una emisora de radio preguntaban a un conocido dirigente si, en la situación actual y ante las medidas tomadas y las que se anuncian, es necesario movilizarse para poner coto a un pensamiento dominante cuyo único propósito es satisfacer las demandas de los mercados financieros. La respuesta fue ambigua y la sensación transmitida fue de una total falta de convencimiento de que las movilizaciones sirvan para algo. Tal vez por ello, se ha instalado en amplias capas de la sociedad la idea de que sólo los ciudadanos, por si mismos y al margen de partidos y otro tipo de  organizaciones más tradicionales, son capaces de presionar a los gobiernos para empezar a cambiar ciertos comportamientos. Cambios que deberían nacer de una presión constante y donde quienes tienen un puesto de trabajo y una estabilidad en el mismo, deben ser coprotagonistas principales  junto con los colectivos más afectados.


           
            En el marxismo la lucha de clases suponía el enfrentamiento del capital con el proletariado. En la actualidad el capital está representado por los fondos de inversión, los instrumentos financieros, la banca y las multinacionales. Capital que ante la falta de coraje  y unidad de los gobiernos se ha convertido en quien realmente dirige y marca los destinos de las sociedades. En el otro extremo, los hombres y mujeres que trabajan, tanto en las empresas privadas como en la Administración, los que no tienen trabajo, los marginados socialmente, los minusválidos, los pensionistas y en definitiva todos aquellos que son susceptibles de ser valorados contablemente o simplemente apartados del sistema por no ser rentables, se han convertido en el nuevo proletariado.   


            Eladia Blázquez que fue una cantante y compositora argentina de Tango, dijo que “Merecer la vida no es callar y consentir tantas injusticias repetidas. Es una virtud, es dignidad y es la actitud de identidad más definida “·


            La mañana está muy fría y de nuevo unos trabajadores portan una pancarta, a la vez que con unos silbatos llenan de ruido la calle. Por detrás una conversación me llega. Un interlocutor le dice al otro; “… mira ya están otra vez los de la pancarta… “. Al cabo de pocos metros y al cruzar la calle veo que quienes iban detrás son dos conocidos políticos. Llevan abrigos de paño y bufandas de marca y conforme se acercan a la puerta principal del Parlamento, aceleran el paso. Mientras los otros, los que nada deciden y poco importan siguen soportando el frio y lanzando un grito de desesperanza, que tal vez algún día se vuelva en rebeldía. Ellos y ellas sí que tienen dignidad.

           

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