LA " REINA " DE NAVARRA
Como la reina del baile que era,
miraba a su derecha y a su izquierda. Esperaba un pequeño gesto, una
complicidad, aunque hace tiempo que sabía que estaba sola. Al fin y al cabo
todos aquellos que se le habían acercado
en un momento u otro, incomprensiblemente se estaban alejando, temerosos de
caer sobre su manto protector y aparecer como simples muñecos en manos de una
dueña caprichosa. Y además su mentor, aquel que la aupó al sillón, se mostraba
distante, frío y conspirador. Habría que atarle en corto y darle a entender que
su tiempo había pasado y que sería mejor que se estuviese callado. Habían
compartido demasiadas cosas y en los asuntos del reino siempre hay cosas que es
mejor dejar en el cajón de los olvidos, no vaya a ser que el populacho se enterase,
se enojase o lo que es peor, empezase a pensar por su cuenta. Contaba con un
grupo leal a su alrededor, pero también sabía que esas lealtades se diluyen
como un azucarillo en una taza de café cuando el poder se tambalea, o cuando
empieza a hacer frío y es mejor acercarse a otro fuego.
Fuera de las estancias palaciegas
se escuchaba un murmullo incesante. Mujeres, hombres, mayores y jóvenes, se
agolpaban a las puertas. Pedían derechos, trabajo, dignidad, justicia. Algunos
decían que no llegaban al final del mes
para poder pagar la luz, el agua, el gas. Otros decían que sus hijos iban a la
escuela sin apenas desayunar y que aprovechaban el comedor escolar para cubrir
sus necesidades. Incluso unos cuantos decían que se habían quedado sin casa y
con una deuda que pagar. Portaban un informe donde se decía que entre 80.000 y
100.000 súbditos lo estaban pasando muy mal. Pero no había que preocuparse
demasiado mientras hubiese una mayoría que tuviese un nivel de ingresos que le
permitiese vivir con una cierta holgura y tener sus pequeños caprichos. Lo
importante es que quién realmente manda y decide , estuviese tranquilo y no
mostrase duda sobre la gobernanza del reino.
De repente alguien se acerca y le
susurra al oído que “los de afuera “ empezaban a meter demasiado
ruido. Había que salir al balcón. Con un tono de voz tranquilo y la sonrisa en los labios les dice que no se
preocupen, que vuelvan a sus casas, que
ella velará por ellos. Que tuviesen paciencia. Que ninguno quedará desamparado.
Que el oropel de sus vestidos, el brillo de su corona, su perfecto peinado, su
bolso de marca, su coche oficial, no eran más que mera apariencia. Ella sola
resolvería todos los problemas. Que en torno a una mesa de un famoso y
acreditado restaurante, se había reunido con unas personas muy importantes que
iban a traer la prosperidad y el futuro al reino. Que pedían algunos incentivos
y facilidades. Que tal vez era conveniente que al obrero se le pudiese despedir
cuando el negocio no era tan rentable. Pero merecían la pena estos sacrificios.
Si le dejaban todo en sus manos, ya verían que en unos pocos años las cosas
iban a cambiar. E incluso alguno de ellos llegado el momento, podrían entrar en
palacio y compartir con ella mantel y conversación. Así que era mejor que se
fueran , que se mirasen a si mismos y no a ella, que seguro que algo habían
hecho mal en sus vidas para llegar a esta situación. Que no valía la pena estar
quejándose constantemente. Y si alguno
de ellos mostraba su disconformidad, o alzaba su protesta por encima de los
demás y se enfurecía, siempre estaban aquellos que con la fuerza en la mano les
pondrían claras las cosas de quién tiene el poder.
Pero algo raro había comenzado a pasar.
Parecían no comprender el mensaje, ni el esfuerzo que significaba gobernar. Ni
la soledad de quien decide y se equivoca. Había que empezar a buscar nuevos
aliados. Tal vez sería conveniente repartir algo más entre otros. Ser más
flexible, no por convencimiento, sino por ser prácticos. Si los de afuera veían
que alguien entraba dentro, dudarían. No se pondrían de acuerdo. Discutirían
entre ellos. Se echarían en cara quien era el más digno, el más consecuente, el
más reivindicativo…. y mientras tanto pasaría el tiempo y seguirían hablando sobre cómo hacer las
cosas, y luego quién las lideraría…..
Eran fáciles de engatusar. Darles
un pequeño cargo, una prebenda. Apelar a su responsabilidad. Asegurarles su
futuro aunque luego, como se hace con las
toallitas de papel una vez que dejan de
ser útiles se echan al cubo de la basura. Una duda le asaltaba. Si tal vez era
demasiado tarde para esto. Si los que le decían que se debía de apartar y dejar
paso a otros cercanos, tendrían razón. Pero ella había dicho que se sentía
fuerte y reconocer ahora que su fortaleza no era tal, era algo que su mente
desechaba. Verse vencida, apartada, postergada no entraba dentro de su forma de
ser y por eso mismo había sido capaz de aguantar tantos embates durante
estos años. Sobre todo cuando todo parecía estar en contra.
El baile ha acabado y los
invitados abandonan la sala. El silencio se apodera de la estancia. No hay
ningún espejo que refleje su imagen y las lámparas que hace poco iluminaban las
paredes y techos, se han apagado. En un gesto instintivo, como cuando uno quiere
atrapar las sensaciones recién vividas en la mente, cierra los ojos. En ese
momento un ruido le altera. El vecino ha llegado tarde a casa, y como casi
siempre y después de tomar unas copas, ha cerrado la puerta con un golpetazo.
Siente frío. Este mes no hay dinero para pagar la calefacción, ya que la
ayuda que percibe la tiene que destinar a pagar la comida, el agua y el recibo
de la luz. Así que una manta de color oscuro le rodea el cuerpo. Enciende la
televisión y se ve a si misma diciendo
que todo empieza a ir bien, que estemos tranquilos, que velará por nosotros….
Una lágrima recorre su mejilla. Se ha dado
cuenta de que la realidad no es la que ha vivido en su palacio de cristal, sino
la de aquellos que tantas veces tuvo en frente.
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