“ ME LLENA DE ORGULLO Y SATISFACCIÓN…”
“ Lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir.”. Con estas tres frases el Rey Juan Carlos Primero trataba de zanjar apresuradamente el debate de fondo que se estaba abriendo en torno a su figura. Un debate, que lejos de analizar las consecuencias de una anécdota “ chusca”, corría el riesgo de generar una corriente de opinión sobre si tiene sentido que en los inicios del siglo XXI, un país mantenga una institución cuya legitimidad no proviene directamente de la voluntad popular, sino de un proceso de transición controlado y ajeno a la mayoría de la sociedad.
Seguramente el Borbón pensó en su antecesor Enrique IV de Francia y III de Navarra ( 1553-1610). Este monarca ante las presiones de Felipe II de España, que no quería que un protestante ocupara el trono de Francia, vio como el monarca español le facilitó su acceso al trono bajo la condición de que renegara de su protestantismo. Sin cámaras de televisión, ni medios de prensa como los actuales que reflejasen su arrepentimiento, se convirtió al catolicismo el 25 de julio de 1593, instante en el cual dijo su célebre frase: «París bien vale una misa» (Paris vaut bien une messe). Lo importante era mantener el poder, por encima de religiones y demás consideraciones.
Las cacerías del rey no son algo causal y que obedezcan a una situación no buscada, o a un simple y costosísimo regalo de un empresario saudí. Primero porque la caza de elefantes está prohibida en África desde 2010, aunque algunos Gobiernos la autorizan a cazadores capaces de pagar grandes cantidades de dinero por ver abatir a estos paquidermos. Y en segundo lugar porque , como se ha publicado , el rey había cazado repetidamente en África todo tipo de animales que nadie debería cazar, desde leopardos y búfalos hasta elefantes.
Pero no sólo sus correrías han sido en el continente africano, sino que en el año 2004, por ejemplo, había pagado 7.000 euros para matar en Polonia uno de los últimos bisontes vivos que quedan en Europa. En octubre de ese mismo año, le organización un viaje privado para matar osos en los Cárpatos. Por último en el año 2006 mató en Rusia un pobre oso del zoo local emborrachado con miel y vodka y puesto delante de don Juan Carlos para que lo disparase. La noticia de que el rey de España había ido hasta Rusia en un avión especial a matar a un oso drogado enseguida dio la vuelta al mundo.
La cuestión es que si no llega a sufrir el accidente que le supuso la rotura de la cadera y su urgente traslado a Madrid, el escándalo no hubiese salido a la opinión pública y la legión de aduladores reales no hubiese tenido que estar durante varios días intentando por todos los medios atajar la avalancha de críticas que habían surgido.
Las monarquías y en eso se parecen todas, viven realidades que muchas veces nada tienen que ver con los países donde reinan. Se creen elegidos para una misión cuasi divina. Para autoconvencerse de su utilidad repiten, machaconamente, que su cargo es un sacrificio, que el mismo exige una plena dedicación y que están al servicio de su pueblo. Pero, y la historia así lo acredita, son incapaces de vivir sin la opulencia de sus castillos, sin el boato de la corte, sin el oropel de sus trajes, sin el brillo de sus coronas y condecoraciones. No pueden dejar de sentirse protagonistas de cualquier acontecimiento en el cual participan. Han sido educados e instruidos para comportarse correctamente en cada situación, guardar las formas del protocolo, no exteriorizar demasiado sus sentimientos y en especial no contradecir, ni desagradar a aquellos dirigentes de los países que son más ricos o poseen mayor grado de influencia en el mundo. Pero esa misma educación y la propia imagen que reflejan hacia el exterior, les hace ser incapaces de compartir un día completo en una chabola de los arrabales de las ciudades, acompañar en un hospital el dolor de una prostituta apaleada por un cliente insatisfecho, coger un cubo de fregar y con una mujer de la limpieza , limpiar una a una todas las clases de un colegio para al final del mes cobrar 500 euros. No pueden compartir la angustia de un trabajador que ha sido despedido y que por su edad, sabe, que tal vez nunca más volverá a trabajar. Ni la desesperación de una madre y un padre, cuando ven que sus hijos no encuentran trabajo, y que llegado un tiempo convierten la calle en su familia. Tantas situaciones, sentimientos y realidades que le son totalmente ajenas porque no son de su mundo, ni quieren entrar en el mismo. Pueden hablar sobre ellas, mencionarlas en sus discursos convenientemente escritos por sus asesores, pero se quedarán siempre en la superficie, porque al final del día siempre vuelven a su retiro dorado.
Si quisieran realmente a su pueblo, como tantas veces pregonan, se apartarían y despojarían de la mayoría de las actitudes, gestos, prebendas, ropas, joyas, yates, palacios, y servidumbres que les acompañan, pues la mayoría de la gente a la cual dicen entregarse no las necesitan para vivir con dignidad.
Pero todos sabemos que esto no va a ocurrir y que los gestos que en lo sucesivo se hagan, serán un mero maquillaje para cambiar la imagen que ha quedado tras lo ocurrido. Porque si tuviesen un convencimiento personal y profundo, llegarían a la conclusión de que una institución como la monarquía no tiene ningún sentido, y además el pueblo no la necesita. Y si lo que realmente quieren es servir, existen multitud de posibilidades para hacerlo desde el anonimato y a su vez desde la cercanía de las personas.
El arrepentimiento forma parte de la tradición cristiana y puede que haya pesado en las palabras dichas por el monarca. Incluso puede que estuviese avergonzado por haber sido cogido haciendo algo que no era oportuno en estos momentos y que además en sus formas y contenidos repugna a una inmensa mayoría de la sociedad. Pero el arrepentimiento, más allá de una portada de un periódico o de una imagen televisiva, conlleva necesariamente para que adquiera su verdadero valor y sentido, la necesidad de cambiar muchas actitudes y comportamientos que chocan con la base en la cual se apoya esta institución. Y esto último no va a ser admitido, ni por sus protagonistas ni por quienes quieren que la monarquía siga desempeñando un papel de servicio al poder.
Si la historia tuviese que decirnos cual es o ha sido el mejor rey, la respuesta sería la de aquel monarca que, parafraseando al actual inquilino de la zarzuela, proclamase que le “ llena de orgullo y satisfacción “ presentar su dimisión para ser pueblo.
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